La influencia afrocaribeña en la música
de hoy
Manuel Monestel
El negro esclavo Gaspar se sentó
en un viejo cajón de madera que otrora sirviera a su amo para
guardar bacalao seco. De repente casi sin proponérselo descubre
las cualidades percutivas de aquel simple objeto. Golpeando rítmicamente
aquella madera, canta, invocando sus dioses africanos, y así
"funda" sin proponérselo, la nueva escuela de percusión
afroamericana y toda una corriente estética musical que más
tarde en la historia, haría vibrar y bailar al mundo entero.
Con el pasar de los años, ya Gaspar no era el único
que tocaba el cajón, eran miles los músicos negros que
a lo largo y ancho del territorio americano tocaban y cantaban. Eran
miles de cajones, claves, barriles con piel de chivo, y gargantas,
vibrando y creando la sinfonía colectiva más dinámica
y espectacular de la historia americana.
Los cantos religiosos en principio dan paso a la erótica rumba
y al cortesano danzón, madre y padre de los posteriores boleros,
guarachas, sones, guajiras, merengues y tantos otros.
En las primeras décadas del siglo XX, surge un gran interés
entre los compositores por recoger elementos de la música popular
de carácter afro.
A la manera en que lo hicieron Bártok y Kodaly en Hungría,
compositores como Henry Cowell y Aaron Copland en Estados Unidos,
el brasileño Heitor Villa-Lobos o los cubanos Amadeo Roldán
y Alejandro García Caturla, incursionan en la música
popular o folclore de sus países, generando obras como La Rebambaramba
o Los motivos del son de Roldán, o La rumba y Bembé
de Caturla, así como las Bachianas Brasileiras de Villa-Lobos.
Posteriormente, otro género de origen afroamericano, el tango,
alimenta la obra de Stravinsky, de Hindemith o de Darius Milhaud.
Nos dice Alejo Carpentier:
"Habanera, tango argentino, rumba,
guaracha, bolero, samba brasileña, fueron invadiendo el mundo
con sus ritmos, sus instrumentos típicos, sus ricos arsenales
de percusión hoy incorporados por derecho propio a la batería
de los conjuntos sinfónicos."
La poesía afrocaribeña parece ser la semilla de toda
una corriente de canción que apoyada en ritmos como el bolero,
el son, la guaracha, el chachachá en el Caribe, el danzón
en México y en Cuba o el samba en Brasil, constituyen la base
de la poética popular contemporánea en Latinoamérica.
La lírica de Nicolás Guillén, Luis Palé
Matos, Andrés Eloy Blanco, Antonio de Castro Alves, Aimé
Césaire y otros tantos, recoge la visión afroamericana
del mundo y la plasma en expresiones que acompañan el desarrollo
de esta nueva estética.
El filin
El movimiento musical que a partir de los años de 1940 se conoce
como el "filin", genera los grandes boleros del repertorio
popular latinoamericano. Destacados compositores como José
Antonio Méndez y César Portillo de la Luz se perfilan
como líderes de este movimiento musical que trasciende las
fronteras cubanas y vuela por los aires continentales con otras voces
como Agustín Lara, Bobby Collazo y Orlando de la Rosa.
Esta corriente estilística no se limitó solo al mensaje
romántico amoroso sino que tuvo también perfiles políticos
como en el caso del puertorriqueño Rafael Hernández
con su Lamento borincano y Preciosa, canciones que dedica a su patria
y a su particular situación sociopolítica.
El movimiento del "Filin" establece relaciones con estilos
de la música negra de Norteamérica como el jazz, aplicando
fórmulas armónicas y el "feeling" interpretativo,
de cantantes de ese género como Billie Holliday, Ella Fitzgerald
o el mismo Nat King Cole.
Surgen boleros como "La gloria eres tú", "Bésame
mucho" o "Contigo en la distancia" que pasan a ser
verdaderos hitos dentro de este género musical.
De alguna manera, como ocurrirá posteriormente con la salsa
o la nueva trova cubana, la herencia africana se reencuentra y se
reconoce en sus distintas latitudes y dimensiones.
Las grandes orquestas
Con la aparición de la radio y el cine, el cajón de
Gaspar, y todos los tambores afrocaribeños, encuentran nuevos
espacios y cobran nuevas dimensiones. La percusión de la rumba
se transforma y pasa a acompañar las grandes orquestas de los
años 40 y 50. Chano Pozo y Dizzie Gillespie forman un puente
musical que comunica la rumba con el jazz.
Los ensambles al estilo de las Big Bands del jazz de Estados Unidos
surgen en el Caribe, tornándose en bandas de mambo, son, bolero
o calypso. Nombres como Pérez Prado, Beny Moré, Machito,
Luis Alcaraz o la Sonora Matancera, llenan las ondas hertzianas de
América y aceleran la reproducción de la estética
afrocaribeña a distintos puntos del continente.
Este momento representa un salto en la complejidad de la instrumentación
y orquestación de la música popular afrocaribeña.
Quedan atrás los tríos, cuartetos, septetos, etc., para
abrazar el reto de la gran orquesta de más de 15 músicos.
Instrumentos como el "tres", guitarra criolla cubana, o
el "cuatro", guitarra criolla puertorriqueña, son
sustituidas en estas orquestas por el piano y el brass. Ritmos como
el mambo, el son y el chachachá constituyen el repertorio favorito
de estos conjuntos.
Personalidades como Benny Moré se convierten en verdaderos
modelos de lo que es el músico afrocaribeño. Este artista
popular era compositor, arreglista, director, exquisito cantante y
maestro de la presencia escénica. Su música y su sonido
se convierten en un punto de referencia obligado para las nuevas generaciones
de boleristas, salseros y jazzeros.
La era está pariendo un corazón
En décadas posteriores surgen movimientos musicales que recogen,
dentro de un amplio marco cultural y con intenciones más claramente
políticas, la herencia de los viejos cantores negros del Caribe.
Los movimientos de la Nueva Trova en Cuba y el Reggae en Jamaica,
marcan los años 60 y 70, por su creatividad, su lirismo y su
consecuencia social y política.
La "nueva trova" es un movimiento que se nutre de la "trova
tradicional" cubana, y en ese sentido retoma la tradición
musical de su pueblo. Sin embargo, al mismo tiempo, propone rupturas
importantes en el sentido de las letras de las canciones y en la incorporación
de elementos de la música universal contemporánea. Su
nacimiento se enmarca dentro de la naciente revolución cubana
en los primeros años de la década de los 60.
Figuras como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola
y Sara González, junto a músicos como Leo Brower, desarrollan
un estilo y un lenguaje lírico musical, que más allá
de su inmediata función política revolucionaria, han
logrado impactar las corrientes actuales de la cancionística
latinoamericana.
En otro contexto dentro del mismo Caribe, el movimiento rastafarian
en Jamaica, de corte claramente político, perseguía
la revaloración de la africanía y la reivindicación
de la cultura negra. Basado en antiguas profecías africanas
y en figuras de líderes como Marcus Garvey y Halie Selassie,
este movimiento ideológico encuentra resonancia en músicos
jóvenes que buscan además nuevas formas de expresión.
Así el reggae como fórmula musical y el pensamiento
rastafarian como base ideológica, crean una alianza que genera
toda una corriente nueva entre las jóvenes generaciones de
jamaicanos y posteriormente en toda la conciencia de la africanía
en el mundo. Figuras como Bob Marley, Peter Tosh y Jimmy Cliff, son
los más populares creadores de esa corriente.
La canción redentora sigue resonando en el Caribe, esa canción
redentora que nació con un esclavo que descubrió las
cualidades sonoras de un simple cajón de madera. La canción
redentora que ha provocado que la maravillosa y mágica música
caribeña impacte más y más el gusto estético
de pobladores del mundo, quienes en apariencia se podrían situar
muy lejos de la africanía. Ingleses, rusos y hasta japoneses
sucumben ante la tentación de la salsa o algún otro
estilo contemporáneo de música caribeña. La canción
redentora vuela por el mundo, recordándonos tal vez nuestro
común origen africano y nuestra necesidad de un mundo que se
rija por la consigna de Bob Marley "One love, one heart",
un mismo amor, un solo corazón.