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Julio El Gitano

En esa mañana la cabaña se había iluminado con un toque adicional de resplandor y canto de pájaros, en la misma hora en que la bola de cristal inició su enigmática plática. Muy nítidamente declaró:

 AmiSalsa Cali - 2006


- ¿Qué le pasa a Lupita?
- No sé…
- ¿Qué le pasa a Lupita?
- No sé…
- ¿Qué le pasa a esa niña?
- No sé…
- ¿Qué es lo que quiere?
- Bailar…
- ¿Por qué ella no baila?
- Su papá…
- ¿Qué dice su papa?
- Que no…
- ¿Qué dice su mama?
- Que si…
- Que baile esa niña
- Si, si…
- Que baile Lupita
- Si, si…
- ¿Qué quiere bailar?
- Mambó…
- Si, si, si. ¡Ahhh. . .!. Mambo, mambo, mambo, mambo. Si, si, si. ¡Uhhhhh. . .!

(Introducción al mambo “Lupita” de Dámaso Pérez Prado)


Julio El Gitano

En esa mañana la cabaña se había iluminado con un toque adicional de resplandor y canto de pájaros, en la misma hora en que la bola de cristal inició su enigmática plática. Muy nítidamente declaró:

- Seguro sin discusión, Julio “El Gitano” y su perro, el noble y bello sabueso, muy contento con su amo. . . –

Entonces ella posó sus ilusionados y profundos ojos negros dentro de aquel vidrio transparente, y logró ver la escena. Él le pasaba la mano y le decía:

- Oye, King, somos ya libres al fin, porque ya dejé esa ingrata, si no te quiere mi hermano, conmigo sino se empata. . . -

Desde aquel día la ilusión había tornado y renacido con más fuerza, latiendo intensa dentro del apasionado corazón, y alimentándose de continuo con las dos sesiones posteriores en las cuales la esfera de vidrio repitió de manera insistente:

- Julio “El Gitano” dejó a su mujer y con su perro la echó a correr. Julio “El Gitano” dejó a su mujer y con su perro la echó a correr. Dejó a su mujer, la echó a correr, dejó a su mujer, la echó a correr. . . -

Incluso se presentó una nueva oportunidad que se tornó en tan dedicada concentración, que casi pudo oír la voz del gitano saliendo de las mismas entrañas de aquel objeto translucido:
- Bendito sea el árbol con que hicieron el papel, con el que fabricaron la maraca que lució er día e la parti’a de esta mardita mujé. . . , y olé, y me voy con mi
perro. . . -

Sin duda, era él, con su firme tono de voz, con el rápido y sonoro acento, con aquella forma única de emitir palabras que desde el primer instante vivía enredada en sus oídos. Aquella primera vez siempre sería inolvidable, promisoria, como continuaba siendo la brisa en el bosque en los momentos solitarios al borde del río.

En el inusitado renacer de la esperanza, por más no había podido dejar de pensar en la mujer posiblemente abandonada, que talvez ahora debía estar enfrentándose a un nuevo destino. Alguna ocasión, - tirando con el mismo ánimo las barajas-, se sorprendió reflexionando en términos comprensivos sobre la ajena desfortuna: “Aquí ve la moraleja de esta historia tan sencilla, que aunque usted se sienta en silla y su perro está en el suelo, no por eso hay derecho de despreciar al canino, en la vida hay dos caminos, de querer o no querer, Julio perdió a su mujer, pero su perro es su amigo. . .”.

Y fue cuando se dijo a sí misma: “Ya el tiempo ha transcurrido y de ella no se acuerda, pero sin embargo queda esa gran satisfacción, que todo ha sido un recuerdo poco grato al corazón, Julio sigue con su perro, tan contento y adulón, y Kingsigue como un rey viviendo de lo mejor. . .”.

Sin embargo, nada de ello bastaba para poseer absoluta certeza, pues solo eran las premoniciones traídas por la larga

experiencia en sus artes, pero que igual se llevaban los sobresaltos en los minutos vencidos por la incertidumbre.

Por eso debía iniciar aquel viaje, más urgente aun cuando la noche anterior la bola de cristal se había tornado tan enigmática como misteriosa. En leves destellos había mencionado, sin precisar si se trataba de verdad o alegoría:

- Ay mi hermano, murió el gitano y su perro, ay mi hermano, murió el gitano y su perro. . . -

Entrecerrando los ojos, ella ató su pañoleta bajo la fina barbilla, e imaginó el largo camino por recorrer.

Gavetas

La pausada voz masculina continuó sonando firme en medio del levitante y tropical silencio de aquella sosegada iglesia:- Las mujeres son las que enloquecen todos mis proyectos, porque tienen mágica mirada además del sexo. ¿Qué haría si no las tuviera aquí en mi cabeza?, ¿qué haría yo. . .? -

Del otro lado del confesionario se sintió entonces como el leve movimiento de quien se acomoda mejor, acompañado de una corta carraspera por la evidente molestia. Pese a ello, el sacramento de la comunión prosiguió:

- Aparecen cada noche en sueños en mi corazón, por fortuna siempre queda una para darme amor. . . , ¿qué haría si no las tuviera aquí en mi cabeza?, ¿qué haría yo. . . ? -

El comentario se extendió en una ingenua y aparente perdida de control:

- Son unas gavetas que hay en mi cabeza, que guardan los sentimientos, que dominan la naturaleza. Son unas gavetas

que hay en mi cabeza, que me matan y me dejan, y al final vivo por ellas. . . -

Ya al borde de la irritación, el cura decidió que era el momento de cortar una interlocución que había escuchado muy atento desde el principio, y fue cuando interpeló con marcado acento:- ¡Vamos, hombre. . .! -

A continuación y haciendo acopio de toda su calma, le murmuró al penitente los encantos de la magia cristiana, de la razón y del equilibrio, además de la conveniencia de llevar una vida independiente y libre de castigo celestial.Después de un breve momento que resultaría en abierta contradicción, la confesión de boca siguió así:

- Mujeres. . . , son mujeres. Las que dominan la magia secreta, y vuelven loca toda mi cabeza, son así y es suficiente, yo no pido más para vivir. . . Me perturban, me dan vida, me dominan, me castigan. . . quien no conoce el amor de las

mujeres. . . son mujeres. Si esta noche cabalgo sus cuerpos, deseo les daré de amarme. . . -

Habiendo llegado a esto, por la mente del cura cruzaron veloces un par de pensamientos como si fuesen centellas. Pensó en el pecado original extendido desde los tiempos de Eva. Pensó en la condena indefinida que la tentación incontrolable le había traído a Adán. Pero igual no pudo evitar pensar en si aquella voz tan masculina y apasionada detrás de la rejilla, tendría dueña. . . Así, dio continuidad al acto de confesión con un corto sermón respecto de las dos primeras reflexiones que se había hecho, cambiando el tono de manera casi sugestiva al interrogar sobre la última. . .La respuesta que obtuvo fue una puntual argumentación que culminó del siguiente modo:

- . . . y en la forma de sus cuerpos siento la razón de amarlas así, así, sobre su rara belleza. Son unas gavetas que hay en mi cabeza, es que dominan toda mi existencia, que vuelven loca, loca mi paciencia. Que me dan vida, que me dominan, que me fascinan, estoy loco por su amor. . . -

Advirtiendo que había omitido decir algo, esta vez la seductora voz añadió:

- Tengo una muñeca de cabello largo, que me da la vida, que me da los sueños, que me da todo su amor. ¡Vaya que me tiene loco. . .! -

El cura hizo un conciso cálculo según el cual, debía cambiar de estilo para enfrentar el sentimiento de quien se

confesaba, y por qué no, tratar de sacarle un tanto de provecho a la inusual situación litúrgica.

Se dio entonces un poco de tiempo para impresionar al penitente con sus conocimientos de la Encíclica Mystici de Pío XII sobre arrepentimiento, que muy ben había aprendido en su época de formación en el seminario, antes de emigrar de la madre patria. E incluso al final se permitió insinuar muy brevemente los posibles beneficios de penitencia y absolución a través de una confesión telefónica. . .
Sin embargo, de un momento a otro tuvo el sobresalto de no haber seguido siendo escuchado, y a pesar que descorrió del todo la cortina de la rejilla para atisbar, hubo de salir por la puerta para observar de pie que el espacio lateral había

sido desocupado.

La iglesia igual se mantenía en un reposo absoluto. Otra vez se encontraba completamente solo. Pero era como si allí se

hubiera quedado un largo eco que repetía: “Estoy loco, loco, loco, estoy loco de amor. . . .”.

Sobrecogiendo su lento paso y acomodándose los lentes, se preguntó qué significaría la palabra gavetas. Quizás. . . , ¿gaviotas?.


El Hombre Increíble (Me Está que se Hace)

(Reporte de observación clínica sobre quien dice ser “El Hombre Increíble”, identificándose también mediante los apelativos de Marbelous o Marbelons; según consta en el folio de su historia, posiblemente originario de Bayamóntate Barranquilla o de Bayamón, según persona allegada de nombre Aleja; profesión u oficio sin establecerse, aunque expresa ser cantante y se comporta como tal; a destacar una anotación en el expediente relativa a anterior periodo depresidio por supuesto acto pirómano-jicoteo (de la voz taína hicotea); sin más datos registrados o disponibles . . . . . .):

Preocupa al nuevo director de este Hospital Psiquiátrico que al entablar contacto directo con el paciente, haya expresiones de su parte que a pesar de la manifiesta incoherencia, puedan tener enlace alguno con procedimientos

anteriores que denoten violencia o maltrato, como se desprende de las siguientes grabaciones transcritas sobre la sesión:

- Yo, yo. . . yo soy el hombre increíble yo me le zafo a cualquiera, como tengo el alma libre no me amarran las cadenas. Me tiraron por un risco, me lanzaron pa’lo hondo, pero como soy arisco, yo me le escapé del fondo. En una jaula de acero pretendieron encerrarme, pero me le’hice invisible, para venir a cantarles. . . -

Si bien las interlocuciones del paciente pueden tener relación con su pasado en prisión, se amerita indagar las claras alusiones que hace sobre cadenas, métodos tortuosos y encierro. Al tratar de averiguar al respecto, las declaraciones se tornan muy confusas, pudiendo presentarse una mezcla de acontecimientos en la mente del paciente. Tales expresiones son las siguientes:

- Fuego a la jicotea para que suelte a Dorotea, fuego a la jicotea para que suelte a Dorotea. Esa negrita está endiablá como yegua, esa marmota patea. A…ve María. ¡Guau!. Vaya móntate, mi salsa, que voy encendi’o. La jicotea ya no puede caminar, pues le falta una patica, no va pa’lante, tampoco pa’tras. Fuego, fuego, fuego, fuego y cantera. Límpiate, Córdoba -

Preocupa el hecho que en la Administración pasada de este Hospital Psiquiátrico se desempeñara un analista con el apellido antes referido, de tal manera que al interrogar concretamente al paciente sobre aquel médico, indicó:

- Me llevaron a un desierto para que nunca volviera, y me dejaron por muerto lejos de la carretera. Pero no pueden pararme, soy un grifo indestructible, y aquí estoy mejor que antes, yo soy el hombre increíble. . . Escúchame, escúchame, escúchame sonerito, atiende, atiéndeme. . . Una legión de soneros me trataron de callar, busca a Wilfredo Gómez y tuvieron que embalar. . . -Se anota en relación con estas manifestaciones, que el último de los aludidos también se identificó como uno de los doctores que tenían a su cargo el cuidado de los enfermos mentales. Sobre Gómez, igual resulta importante analizar el sentido de algunas cintas que se encontraron en el archivo, donde se cruza información al parecer de carácter informal con el primero de los analistas mencionados, Dr. Julio César Córdoba, sin entenderse si hay observaciones profesionales o un simple cruce de bromas en torno al paciente, como por ejemplo:

Wilfredo Gómez: “Ah, ese tipo tiene la mente enrollada, está de intensivo, malito”.

Julio César Córdoba: “El guineo lo botó dentro de aquel zapatón y con una risería, las cáscaras se comió, ja, ja, ja”.

Wilfredo Gómez: “Sin quitarse los zapatos quiso quitarse las medias, cayó en la piscina un gato y él celebro la tragedia. . . ¡Qué barbaridad ese hombre. . . !.”

Julio César Córdoba: “Le pegó fuego a los cheques que le trajo su cartero, como no le pagó a nadie, dijo: “¿Pa’que yo quiero dinero, pa’que. . .?”.

Wilfredo Gómez: “No, no, no, no te equivoques Julio César, con ese hombre ten cuidado que sabe de karate. Qué bárbaro, qué bárbaro. . .”.

Julio César Córdoba: “A mi, está que se hace. . .”.

Wilfredo Gómez: “A mi también me está que se hace. . .”.

En vista que el paciente no sabe dar explicación coherente sobre los acontecimientos, y con base en los interrogantes e indicios que se plantean en el presente informe, se ordena una investigación exhaustiva sobre su caso, con el fin de establecer los hechos y las responsabilidades correspondientes. Para el efecto se asume la voluntad y el acuerdo del paciente, a quien al solicitarle de manera expresa su colaboración, ha manifestado simplemente:

- No me pongan una competencia, eché y le gané, ya vengo, que a Superman volando lo derroté. . . ¡Hinca . . . ¡. -

La Lapa

Solo un instante antes de sentarse en el parque junto a los demás compadres, el mulato José Fidencio soltó su perorata como si ya la hubiera repasado mil veces, y como si finalmente hubiese llegado a una conclusión definitiva:

- . . . que lío me he busca’o, si, esto. . . , esto está peor que lo que yo creía, no aguanto, me voy, se acabó. . . -.

Y justo cuando se levantaron todas las miradas del improvisado juego de mesa para observar en silencio que ya se había instalado en su taburete, añadió:

- Con esta mujer que tengo, sin billete me’voa quedar, se pasa de noche en noche buscando para gastar. Si le ofrezco un carrito, guagua quiere ya comprar, no me pierde movimiento, pide lana y nada más, yo no sé si aguanto esto o si a mi me va acabar. . . -

Fue entonces que con aquel estilo siempre directo, el compay Demetrio le interrogó:

- Oye, ¿qué te pasa, Pepe. . .? -

Con algo de reposo, y observando el ágil rodar de los dados, el recién llegado contestó:

- No, yo no aguanto más, hombre, si esta mujer me tiene un lao seco, no, no, no -

- No, no, no me digas eso, chico. . . -

- Mira, mira, como ando. . . , si la gacha esta me salió tesorera permanente y ya me tiene gacia’o. Es más, ya tiene mi tesoro encajona’o. . . -.

En ese momento los compadres detuvieron la jugada, como tomados por hilos se irguieron del tablero, y casi en conjunto preguntaron asombrados, levantando un tanto la voz:

- ¿Cómo fue eso compadre . . . . . . ? -

- Caballero, que tiene mis billetes en la caja fuerte de ella. . . . . . -

- Ahhhhh. . . – convergieron los jugadores igual al mismo tiempo.

Después del comentario del grupo, el compay Demetrio agregó en tono firme y convencido:

- No me gorilees que eso conmigo no va a pasar no, no, no, no. No me gorilees que eso conmigo no va a pasar. . . , iehhh - .

El juego continuó bajo la intensa ronda y en medio de sonrisas abiertas y sinceras, las manos trigueñas fueron y vinieron sobre los escalones conduciendo las pequeñas piezas, y las monedas se agruparon en un rincón al cual solo llegaron los ávidos dedos del ganador final. Antes de dar inicio a la nueva partida, muy cerca del borde del atardecer, el mulato José Fidencio soltó de nuevo su perorata, sin advertir que su mujer se acercaba al grupo después de haberlo buscado en varias partes para pedirle algo de . . . dinero:

- Hoy mismo la dejo, y me voy bien lejos pa’lla, pa’el último del Bronx, caballero. Si..., si me quedo en el barrio. . . , me encuentra y se lleva la última peseta. Le digo que ya me tiene fumando de segunda mano. Esto no puede seguir. Si ya ando con una toalla por camisa y tengo un frío que mata caballo. No, no, si no aguanto. . . -.

Encontrándose ya casi a sus espaldas, la negra Mariana comprendió de inmediato el sentido de la conversación, y no dio espera alguna a su acalorada intervención:

- ¿Qué te pasa a ti chico. . . , qué te está pasando. . .? -

El compadre dio un corto brinco en el mismo puesto de madera y al punto se volteó de cara a la enardecida concubina:

- Oh, negrita, ¿cómo estás?. Yo aquí diciendo las cosas buenas tuyas y el cariño...

- No, no, que yo te oí, yo te oí hablando mal de mí. . . -

- No, ¿mal de ti?, mal nunca. Tú sabes que mi vida es tuya y lo que tú quieras yo te lo doy. . .-

La comadre no pensó siquiera un par de veces antes de lanzar el primer manotazo a la cabeza del sorprendido jugador, acompañándolo al mismo tiempo de un: “Vamos. . . venga pa’ca”.

La repetida serie de golpes y de tirones hicieron que el mulato José Fidencio se levantara y empezara a caminar instintivamente en dirección de su casa, mientras que balbuceaba:

- No, no, no, no me trate así, mi vida es tuya, mami, ayyy. . . -

Las ligeras adulaciones no acabaron de persuadir a la mujer, quien con su decidido empuje continuó acelerando el paso del hombre, esto delante del grupo de atónitos compadres y mientras todos seguían escuchando:

- Lo que tú digas, mami, si mi amor es todo tuyo, mi corazón, mi vida, ya ya, caballero. . . -

Los jugadores vieron como la pareja se fue esfumando lentamente en medio de la alterada conversación y del intenso manoteo. Pero con tanta maña como ansiedad, el compay Demetrio llamó de nuevo la atención de todos lanzando una vez más los dados sobre el sonoro vidrio, mientras que al extraer varias monedas del bolsillo de la camisa, comentaba bajito y maliciosamente:

- Sácale el cuerpito que te conviene, sácale el cuerpito y tú veras. Sácale el cuerpito que te conviene, sácale el cuerpito y tú veras. . . - .


Tres Marías

. . . casi siempre sucede lo mismo en las primeras horas de las noches de los sábados, bien sea por un motivo o por otro, y lo cierto es que al abrir un poco la ventana tratando que desde afuera no me vieran en pijama de dormir, me di cuenta que se había armado una vez más la trifulca en aquella puerta de la Inspección de Policía. Yo acababa de terminar de hacerle el rosario a La Virgen. Bajo la luz amarillenta del bombillo de la entrada pude distinguir a la comadre María García, que se empeñaba en seguir estrujando a su marido a pesar de los esfuerzos que por defenderlo hacían los guardias, un par de curiosos y el vecino de la cantina. Yendo y viniendo por los fuertes empujones como si fuese un muñeco, vi que el compay Arcesio estaba totalmente perdido en medio de los rones, y lo único que atinaba a decir, casi balbuceando, era:

- Mucha gente sin razón, me han querido calumniar, porque dicen que es verdad que yo tengo tres Marías. . . -.

Fue cuando de un momento a otro salió el Inspector de turno y se metió dentro de todo el grupo para tratar de arreglar esa tremenda algarabía, y sobre todo, como intentando separar a la comadre, quien sufre de taquicardias, ¿cierto?. Y esto mientras que los guardias trataban de mantener al hombre en pie, que seguramente sin mucha conciencia sobre los hechos, insistía como en una defensa:

- . . . que culpita tengo yo que una me compre el fandón, que una me quiera cuidar, y otra me dé la comi’a. . . -.

Finalmente y cuando por fin lograron aplacar un poco los ánimos, entraron al compay Arcesio casi a rastras, y por ningún motivo dejaron que la comadre María García ingresara donde se encuentran la oficina y las celdas. Al parecer los policías no tuvieron más alternativa que descargarlo por ahí en uno de los calabozos, posiblemente mientras que el aturdido compay los miraba de manera borrosa y les hablaba, porque desde aquí mismo se escuchaba que les seguía diciendo:

- Una me compra la ropa y dos me dan la comida, pero no digo sus nombres, y una es María García. . . -

La comadre entonces se quedó afuera jadeando y discutiendo con el Inspector, y aunque después le sacaron un vaso de agua, estaba tan furiosa que no lo quiso aceptar. Manoteaba y se quejaba de mil cosas que no pude entender, mientras que el Inspector la escuchaba, y le daba razones y trataba de calmarla.
Por la ventanita del calabozo que da a la calle, aun se escuchaba claramente la voz lenta y enredada del compay, quien desde adentro seguía repitiendo:

- Yo tengo tres Marías, yo tengo tres Marías. Una la veo de noche y dos las veo de día, una vive en Alto Recio y dos en Jesús María. Una me compra la ropa y dos me dan la comi’a, pero no digo su nombre, y una es María García. María, María, María. . . , María me da la comida. . . -.

En este punto de la amena charla la anfitriona se dirigió a sus otras dos comadres, ofreciéndoles de manera muy amable:

- ¿Les provoca otra tacita de café negro. . .? -

Ambas invitadas, que por casualidad tenían el mismo nombre de La Virgen, aceptaron gustosamente.


Soy

“. . . Por medio de la presente el suscrito Cabo de La Guardia de este cuartel se permite colocar a mi Comandante al corriente de las últimas novedades acontecidas. En primer lugar para aclararle en relación con el reciente ataque de francotiradores a esta guarnición, que fue el soldado Ibáñez y no el soldado Manrique quien se me acercó hacia las 23:00 horas, mientras que yo acababa de hacer la revista, manifestándome: “Cabo de La Guardia, siento un tiro, Cabo de La Guardia, estoy herido . . .”. El resto del incidente ya fue debidamente explicado, anotando que en ningún momento maltraté al centinela por lo sucedido, puesto que solo me limité a recalcarle: “Te metiste a solda’o y ahora tienes que aprendé…”.

Aun no se ha podido establecer si aquel atentado tiene algún vínculo con el segundo hecho que en este mismo mes reviste gravedad. Sobre esto, el parte es que el anterior día lunes en horas de la mañana se sometió a un primer interrogatorio al prisionero capturado después de la jarana anual del caserío, siendo que a pesar de todos los esfuerzos realizados, no se pudo descodificar el extraño manuscrito que llevaba dentro de su mochila al momento del arresto, y que decía:

“Soy la más pequeña aldea, en un distante lugar,
soy el ruido y la marea del inmenso mar,
no soy cadenas ni rejas
soy azúcar y soy sal,
si me quieres o me dejas me da igual. . .
Soy como la brisa, que, siempre de prisa, no,
no anuncia su partida,
y, como el dinero soy,
donde yo quiero voy
sin una despedida. . .
Sin una despedida, no anuncia su partida,
sin una despedida, no anuncia su partida. . .”

Por más que lo intentamos, no hubo manera de descifrar el contenido subversivo del texto, que bajo la apariencia de ser un apunte escrito a una mujer, muy seguramente con eso de la ‘pequeña aldea’ habla es de un centro de revoltosos, del ‘dinero’ para financiar el terrorismo, y de ‘la partida’, que sin duda, debe ser el partido político que los apoya. Aunque a mi Sargento le sigue pareciendo más bien una nota de amor para la india esa con la que estaba durmiendo el tipo en la casa donde lo detuvimos. Sin embargo, vamos a seguir ensayando con el manual aquel que queda por ahí solo con una parte de su carátula, donde no se alcanza a leer bien claro el nombre de la editorial que nos lo envió, pues únicamente le cuelga al final un pedazo que dice CIA.
En vista que a través de este método no pudimos obtener mayores resultados, entonces el martes por la tarde hicimos una segunda visita al calabozo, pero esta vez con la bolsa plástica y con las cabuyas de amarrar. Pero a pesar de haber seguido como dios manda el procedimiento del interrogatorio, al final de todo el detenido se negó a revelar el más mínimo detalle, sin poder obtener confesión valiosa alguna. Con certeza, se trata de un rebelde bien entrenado en las tácticas del enemigo para estas faenas, pues creo que probó confundirnos con sus irregulares versiones, que aquí debo copiar por necesidad:

Declaración numero 1, al interrogársele por su identificación:
“Soy el agua de los ríos que corriendo siempre está
todo lo que tengo es mío y de los demás,
soy un gallo en la mañana, un gato al anochecer,
me he comido la manzana del placer. . .”.

Declaración numero 2, al interrogársele sobre su nacionalidad y origen:
“Soy un poco vagabundo, lo mismo vengo que voy,
viajo solo por el mundo y feliz estoy,
amo al sol que se levanta, la fragancia de una flor,
y me gusta como canta el ruiseñor. . .”.

Declaración numero 3, al interrogársele sobre su ocupación u oficio:
“Soy un mendigo ante el diablo y millonario ante Dios,
hablo poco cuando hablo, sin alzar la voz,
soy además mentiroso, soy vanidoso y buen actor,
y quisiera ser dichoso en el amor. . .”.

Fue por eso que en la noche de ayer, cuando nos alistábamos a hacerle una tercera visita esta vez con las pinzas de ganado que conectamos a los fusibles (que entre otras, ya no tenemos más repuestos en caso de necesidad urgente), nos vimos sorprendidos por el bandido al no encontrarlo en su prisión. En el techo del calabozo inexplicablemente había un enorme boquete, por el cual seguro ganó los árboles frutales que dan directo al río, de tal modo que ninguno de los guardias reporta haber escuchado o visto nada. Nadie se explica tampoco de donde sacó el pedazo de tiza blanca para rayar las paredes antes de irse con la siguiente inscripción, encontrada en la celda vacía:
“Yo soy la brisa que pasó y se va,
aquella brisa que no vuelve más,
yo soy la brisa que pasó y se va,
aquella brisa que no vuelve más. . .”.
Bajo esta nota había una misteriosa firma que decía “SOY”, y que posiblemente puede ser la sigla de un nuevo movimiento insurgente, como por ejemplo, Subversivos Organizados de Yemayá. . . . . .”.

(Hasta aquí la versión mejorada de una misiva hecha en maquina de escribir, con letras irregulares y dudosa ortografía, a manera de informe de una base militar del trópico a la comandancia de la ciudad, que una vez finalizada terminaría advirtiendo sobre la importancia de adelantar una recaptura).


Resumen

Con la pala firme y resistiendo en parte el apoyo de su humanidad. En medio de un silencio tan ajeno como cada una de las muertes que tan de cerca ha visto pasar. Frente al crepúsculo lejano y esquivo que se lleva las nubes con el favor del paso lento del viento. Reflexiona El Enterrador, para quien el principal dilema es una caída continua en la vida, habiendo perdido un gran amor y su anterior oficio, hallándose muy decepcionado tanto de pasiones como de amistades:

“En la vida yo he tenido mil amores
y les juro con ninguno me quedé,
jardinero, cultivaba lindas flores,
que me dieron sus espinas con la cuales yo sangré. . . ,
en la vida yo contaba con amigos pero todos me fallaron
cuando los necesité. . .”

En su inmóvil silla de ruedas. Recordando hasta los mínimos detalles de fraternidad en las más diversas horas. Triste en razón del vacío dejado por aquella voz cálida, ahora en la infinidad. Tratando de dirigir su propio bote en dirección lejana de los amenazantes riscos y escollos de cada día. Piensa El Hermano Rico, quien fue ascendiendo poco a poco desde una posición humilde, ganando escaños y comprando afectos, pero al final tan satisfecho como desalentado por la voluble condición humana:

“Hacia un resumen, al final mi alma ya sabe,
tanto tienes tanto vales
y esa es toda la verdad. . .
ahora ya sé lo que es amor
porque caro he pagado
las caricias que me daban,
ahora ya sé quien me sigue
en las buenas y en las malas
sin ponerme condición,
ahora ya sé que hay que ser de una cuna dorada
y vivir en buen ambiente,
porque la gente te abre las puertas
cuando creen a ciencia cierta
que les brindas buen querer. . .”

De pie con las manos atadas al cinto. Profundo en sentimientos que no dicen nada, que no emocionan de ninguna manera, que no exaltan por ningún motivo. Inmerso en la mirada caída hacia el abismo y como una pequeña piedra al borde del mismo. Desarraigado en su pecho y en su misma alma. Medita El Hijo Doliente, impactado por el suceso y preso de una existencia llena de contradicciones, en las cuales difícilmente puede comprenderse a sí mismo y a los demás. En últimas, ya no se entiende, ni entiende a nadie:

“Y en la esquina de la vida estoy varado,
repasándome el capitulo final,
de este drama en un mundo de escenarios,
donde a veces fui villano y otras veces fui galán,
compartiendo los honores estelares
con actores similares
que formó la humanidad.
Le di limosna a un pordiosero que pasaba
pero luego averiguaba
y el vivía mejor que yo. . .”

Casi vencida por el peso de su cuello frente a la lluvia de lagrimas. Sin dueño quizá para siempre. Tímida e intimidada por la fortaleza del peso universal sobre sus hombros, de un momento a otro. Ligera para huir y correr portando un velo vaporoso en dirección del alba. Reflexiona La Viuda, para quien la carga del tiempo le ha dejado enormes lecciones sobre la esencia de los hombres y mujeres, pero quien por lo mismo, no encuentra una salida victoriosa a la existencia:

“Ya no me importa saber
que la naturaleza juega al verso con los hombres,
yo sé de la flor deshojada
que aunque estaba marchitada
la llevaron al altar,
y todo se reducirá
cuando caiga telón al final de la comedia. . . ,
siete por cuatro por tres de ancho
las medidas de la fosa
puertas de la eternidad. . .”

Todas aquellas miradas se encuentran frente al epitafio de El Difunto, que lacónicamente dice:

“En la tumba solo queda el esqueleto
que no habla
pero dice
toda, toda, la verdad. . .”.


CREDITOS

1. Julio El Gitano (Charanga América)

2. Gavetas (Orquesta Dan Den)

3. El Hombre Increíble / Me Está que se Hace (Marvin Santiago)

4. La Lapa (Joe Cuba)

5. Tres Marías (Arsenio Rodríguez)

6. Soy (Charanga 76)

7. Resumen (Jhonny Ventura)

Otros:

Fuego a la Jicotea (Marvin Santiago)
Cabo de La Guardia (Lou Pérez)
El Corneta (Daniel Santos)

Queda expresamente autorizada su reproducción citando la autoría, y sin fines de lucro o comerciales.

Alexander Ospitia E.
Amisalsa - Amigos Impulsores de la Salsa
Cali, Colombia
 
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