Cocinando Suave
Valentino Santilli
Porteñidad y portento
El puerto de Nueva York fue el punto de convergencia de las comunidades
latinoamericanas durante varios lustros de éxodos y migraciones
de toda índole. Escapando de las privaciones y de las calamidades
de los tiempos modernos, dichos inmigrantes encontraron entre rascacielos
y desarraigo la inspiración y los recursos creativos para conservar
y recrear sus tradiciones populares. La Música, máxima
expresión de la cultura afro-caribeña y de latinoamérica,
desembarcaba en oleadas incesantes y prolíficas, nutriendo el
crisol de la ciudad luz, cuna de múltiples manifestaciones artísticas
y culturales.

Siglo XX, cambalache, enigmático y febril...
En latinoamérica el mundo campestre y sus costumbres montuneras
daban paso a expresiones citadinas y a conceptos contemporáneos,
la modernidad se propagaba como una plaga sin antídoto. Los emigrantes
europeos que llegaban huyendo de los horrores de la guerra, vertían
paulatinamente sus ingredientes seculares en el gran ajiaco del criollismo
que había iniciado su cocción en el famoso asalto de 1492.
El Barrio, aquel submundo de cemento
y privaciones que reemplazó la vida rural de bohios, campiñas,
caminos y veredas, paría sus vástagos herederos de penas
y alegrías, forjadores de ocios, esquinas y puñales. Afloraban
pintorescos personajes adornando los parajes con extravagancias y desmanes:
Pachucos, Cafiolos, Camajanes, Chafarotes, Choros, Chulos, Lámparas,
Chiguires, Fuleros y otros híbridos malandrines cargados de culturales
malestares y desbarajustes seculares, como los famosos Compadritos de
Buenos Aires, creadores de milongas y tangos en conventillos y peringundines.
La urbe imponía su hegemonía sobre el campo y una subcultura
brotaba en medio del concreto, las luces de neón y las bocinas
crepitantes de camiones y autobuses. En el barrio se cotejaban obreros,
artesanos, malevos, politiqueros, proxenetas, comerciantes, artistas
y forasteros, llegados con una mano adelante y otra atrás, buscando
destino en la gran ciudad.
Del Barrio Eres….
La cuna de la Salsa fue el Barrio, con sus fusiones étnoculturales
y sus disparates sociales, las fuentes musicales eran diversas, entre
ellas la música cubana y el espectro del Son como cimiento rítmico
y sonoro. Desde 1930 los ritmos cubanos se desparramaron por todo el
Caribe y parte del continente suramericano, impregando de cubanía
y picardía la inspiración popular. Las primeras manifestaciones
o antecedentes urbanos, que precidieron la llegada de la salsa aparecen
en los albores de los años sesenta, con las Descargas, la Pachanga
y el Boogaloo ; diez años después el movimiento cogería
el impulso que lo convertiría en uno de los géneros musicales
más ricos y populares del siglo XX.
La Salsa nace como una manera de asumir y de bailar los ritmos afroantillanos
y demás cadencias afroamericanas, transformándose rápidamente
en factor de identidad entre los «hispanos» de la Gran Manzana,
para posteriormente arrollar conn todo en las barriadas latinoamericanas.
Las calles del Barrio, se aliñaban con giros y figuras de músicas
autóctonas, cada emigrante sazonaba con movimiento y arraigo
el cocido que se sazonaba a fuego lento. El acto de ir a bailar respondía
a múltiples denominaciones : irse de parranda, ir de rumba, a
guarachar, a vacilar, a jaranear, a gozar, a echar un pié, a
castigar la baldosa, a formar un guateque, a echarle salsita a la vida...
Aun no se hablaba de Salsa, la sonoridad estaba en gestación,
lo esencial era la música, el baile y la alegría ; se
asimiliba un repertorio que identificaba raíces y vivencias,
ya no se trataba de música cubana, puertorriqueña, dominicana,
colombiana o venezolana. El factor lingüístico borraba fronteras,
un nuevo núcleo humano tejía lazos gracias a la música,
el contienente se recreaba entre las manzanas del barrio como una isla
perdida entre rascacielos y desarraigo. La esencia del nuevo baile,
de una sonoridad urbana diferente y evocadora al mismo tiempo, era indiscutiblemente
El Barrio. La diáspora hacinada en Harlem y otros sectores de
Nueva York empezaba a hacer vibrar sus tambores y a desenterrar raíces
olvidadas. Los rascacielos reemplazaban las palmeras. Los hombres cambiaban
de piel y de horizontes…
Lo
último en la avenida
Pronto, el nuevo ritmo fue adoptado por las clases populares y otros
plebeyos de capitales como San Juan, Caracas, Cali, etc., antes de penetrar
todas las capas sociales que fueron encontrando en la novedosa melodía,
tradición y modernidad. El aspecto guapetón y los quiebros
de la salsa, su agilidad y fluidez en la ejecución, sedujo clases
y gustos, deplazando músicas vernáculas y ritmos nacionales,
gracias a una mayor libertad a la hora de improvisar y a su capacidad
de incorporar pasos y giros de diferentes gamas danzísticas.
La salsa recogía la cadencia del son, el frenesí del mambo,
la soltura del cha cha chá, el salero del flamenco, la fuerza
de una bomba o el fluído sensual de la cumbia, dinamizando el
goce, una nueva sabrosura repicaba en el solar.
La expresión del nuevo baile
obedecía al nuevo entorno, correspondía a una nueva facha,
a otro aspecto, a una figura tranformada por la ciudad, la lengua, el
desarraigo. El malandro se identificó con la fuerza percusiva
y el aceleramiento del baile, la nueva tendencia se acoplaba con el
desparpajo que circulaba en la avenida ; aquel amague, esa fanfarronería,
dicho tumbao que tienen los guapos al caminar y el diente de oro brillando
en la esquina... Otras «pintas» matizaban puentes y alamedas…
Nacían establecimientos donde el canallón iba a divertirse,
espacios sociales donde la chusma podía mostrar lo que poseía,
simular algo de lo que carecía o alardear de lo que le gustaría
tener (prestancia, dinero, clase). Exhibir habilidad y destreza en el
baile y coraje para seducir y deslumbrar, enfrentando rivales de más
alcurnia pero menos dotados para «tirar paso», mostrando
cierto sentido despreocupado de la vida, una manera particular de dirijirse
a las mujeres y ese arrojo cargado de excesiva virilidad y temperamento,
propio del siciliano, del gitano, del latino, del bajo mundo. Nace así
un personaje, peligroso pero atractivo, protagonista de la noche y fuera
de la ley, caricaturizado y representado en temas como Watusi de Ray
Barretto, Juan Pachanga y Pedro Navaja de Rubén Blades. Estos
hombres periféricos se convirtieron en protagonistas-inspiradores
de canciones y melodías, ingresando en un cosmos donde los ídolos
sufrían de sus propios males : droga, desamor, cárcel,
olvido. Algunos salseros del inicio del movimiento, alardeaban de su
rufianismo, pavoneándose de pertencer a un linaje diferente,
expresando un machismo exarcerbado, cotejándose con los malandros
de la avenida. La salsa como la bailaban en los lupanares, con los quiebros
del cuerpo y los alardes de chulo llevaba la marca del Barrio y de la
marginalidad.

Del barrio obrero a la quinta
Estos alardes de «latin lover» llevaban la marca de un nuevo
hombre, producto del mundo suburbano de la gran ciudad, un mozo canchero,
guapetón, sobrador, conquistador de mujeres y temido por los
«señoritos» que frecuentaban los country clubs y
demás sitios exclusivos para las élites. Los «hijos
de papi» fueron cayendo entre las notas del nuevo ritmo y del
nuevo ambiente, hartos de las atmósferas almidonadas y encopetadas
de los clubes y cansados de hacerle la corte a las «niñas
de bien». De esta manera los ricos se acercaron a la salsa, por
aburrimiento y curiosidad, ávidos de cambiar el protocolo y los
buenos modales por algo más caliente, más obsceno y más
cercano del burdel que del altar. Aquel paganismo de los diabólicos
fandangos que había horrorizado a los evangelizadores durante
la colonia, resucitaba reencarnado en atracción para las clases
altas de la sociedad moderna. La Salsa arrastra con fuerza y sentimiento,
imposible no sucumbir ante la potente poliritmia, frente al clamor popular
pregonando goce, el sopón había cuajado y la marmita desbordaba
de sabrosura afincando en la avenida. Los «blanquitos» se
escandalizaron ante la aparición de la nueva melodía,
aquella síncopa y ese arrebato negroide que no era otra cosa
que la lógica evolución de la música antillana
en sus largos y penosos siglos de convergencias y mestizajes. Africa
había estampado su sello con la tinta indeleble de un ébano
puro, para que «algunos» se rasgaran las vestiduras. El
aristócrata que bailaba salsa, se encanallaba, se «alquitranaba»
sumergiéndose en los mundos orilleros, en los extramuros de la
urbe, conviviendo con sus violencias y sus pendencias, frecuéntando
al lumpen marginado, ávido de reivindicación social. La
salsa se bailaba en lugares íntimos, antros destinados al lujurioso
estilo, aun no podía exhibirse socialmente. Igual que el tango
en sus inicios, los grandes salones no permitían tanta porteñidad:
lo arrabalero pal’ arrabal. Pero el ímpetu de la novedad
y su aceptación popular fue asimilándola para que la buena
sociedad tuviera acceso al frenesí de la plebe.
El boom de la industria del disco y la programación de orquestas
salseras en los clubes encopetados fue abriendo paso a la criatura,
aparecieron grupos adaptados para ejecutar salsitas de salón
donde corpiños y corbatines se guiñaban de bacanes. Las
orquestas desteñidas arreglaban los números para un público
que se contoneaba eufórico aunque la música careciera
por completo de bailabilidad. Los purificadores de la esencia del sabor
con sus ópticas moralistas, calificaban de obsceno cualquier
quiebre de cadera o el más ínfimo roce pelviano, modificando
la sensualidad salvaje del cuerpo en movimiento, en lánguido
erotismo con enaguas y crucifijo.
¿Será posible refinar
la esencia de la Salsa? ¿Aquel sentimiento callejero, cargado
de ‘convergencias y piedras rodando’ con la agresividad
y la tosquedad del pueblo marginado? Será posible transformar
su naturaleza y convertirla en una música despojada de insurgencia,
irreverencia, resistencia, con cuño suburbano?

Puertos sin mar y piratas de callejón
El Barrio y su Porteñidad, donde las aguas son avenidas y
los marineros maniobran entre marrullerías y triquiñuelas
eludiendo el naufragio de sus vidas. Escenario donde se cruzan corajes
y linajes, jungla de cemento empollando intramuros la insurgencia del
inmigrante. Culturas en desbandada huyendo de atrocidades y desamparo,
nómadas tenaces reconstruyendo referencias y anclando de nuevo
la existencia en aguas turbias, equipados con el arrojo y la altivez
que provoca la degradación convertida en atributo. El exilio
larga amarras invisibles, inexplicables mecanismos de supervivencia,
levanta redes del alma cargadas de virtudes ocultas, talvez por eso
«nadie es profeta en su tierra».
…Barrio, puerto sin horizonte
donde emergen o naufragan hombres laboriosos, disciplinados, tenaces,
delincuentes, proxenetas, anarquistas y ácratas ; vivero donde
echan raíces los apátridas, remanso donde se forjan nuevas
expresiones, crisol de cruces genéticos, arrecife donde atascan
heterogéneos coros de esperanza…

Buenos Aires, La Habana, San Juan, Caracas, Santo Domingo, Barranquilla,
Cali, El Callao, muelles donde afluyeron y confluyeron pasados averiados…
Los tropezones del camino desviaron el compás y la cadencia del
hombre y de su música… Esa mutabilidad, mezcla de sentimientos
y de confrontaciones entre cotidianos y búsquedas de identidad,
provocó La Música que Llevo por Dentro…
Marsella, 20 de Agosto del
2004
Ernesto Concha Trujillo
ernesto@salsapaca.com