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Genio e Irreverencia
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Héctores y Diegos
Siglo XX, Cambalache Enigmático y Febril.
« Pareciera que la buena música desparece con el ghetto que la engendra »…
Cuando la vida marginal y la adversidad que esta genera se traslada o se evacúa eliminando al entorno motor, la producción musical agota su savia; descolorida y sin vigor pierde sentido, condimento y sazón. Esta reflexión podría aplicarse con certeza a la música popular urbana, la que se nutre cotidianamente de la dificultad para convertir en crónica las asperezas de la calle dura y ser la noticia que propaga el sinsabor y amplifica las amarguras del desamor o del desarraigo.Canta y no llores
"La adversidad ha sido y será fuente de inspiración de poetas, músicos y saltinbanquis".
¿El arte tendrá acaso la capacidad de convertir el sufrimiento en belleza? »
Etéreo interrogante como vaporoso el argumento que intentaría convertir en regla el precepto. Sinembargo esa es la historia de la música afroamericana -véase amplia y extensa, los primeros blues del Mississipi, los calypsos trinitarios o limonenses, los drummers y cantos garífunas de centroamérica fecunda, el belé y demás músicas créoles de la antilla francesa, el reggae Jamaiquino, los sones cubanos y caribeños, los aguinaldos puertorriqueños o venezolanos, los festejos y zamacuecas del Perú negro, los tamboritos panameños, los currulaos del pacífico colombiano, ritmos «encadenados» de marimba o de cajón; las diversas e ignoradas sonoridades que sobreviven en recónditas selvas o son conservadas en aldeas y reductos de antiguos cimarrones-, la urbana salsa y sus lamentos metálicos, mezcla de campestre ancestro con selva de cemento. La expresión que hizo el puente entre el bohío de paja y el paralelepípedo de ladrillo, pasarela del cocotero hacia el rascacielos, convergencia entre el ayer y el hoy. Cambalache del siglo veinte plagado de enigmas y rudezas.La música de resistencia
En cada puntada del bordado musical de nuestro continente, en cada canto y en cada golpe de tambor está presente la adversidad, la necesidad de expresar lo que se siente y de sacar lo que duele con una tonadilla, un rasgueo sutil, un zapateo incisivo o un soplido feroz sobre la boquilla de un trombón. La escuela de la esclavitud curtió las pieles y endureció los corazones, transformando lágrimas en canciones, látigo en ritmo y desarraigo en melodía. Con sentimiento se forjó nuestra alegría apaciguadora y vital.Del blanco y negro al color, del jibarito al malandro
Algunas referencias y recuerdos de infancia : «las visitas a mis abuelos en la montañas del sur, el olor a boñiga, el miedo a la oscuridad en las noches campesinas; la primera televisión que mi padre llevó a casa en blanco y negro y con un solo canal; la histeria desatada por los Beatles entre las mocosas del mundo entero; el mundial de fútbol de 1966 y las lágrimas de Pelé; la radiola monofónica donde giraban los LP de 45, 78 y 33 RPM; los matinés en el Latino Night Club donde se bailaba pachanga y bugalú; el crecimiento de Cali después de los juegos panamericanos de 1971, el más importante de area sur del continente en aquella época; el paso paulatino del caballo al autobus, de la vida rural de nuestros abuelos a la urbanizada existencia de los barrios de concreto y guachiman; mi primer directo vía satélite cuando llegaron a la luna de los tres monigotes; el inevitable paso del camino a la vereda, de la trocha al callejón, de los pantalones cortos a los bluyines desteñidos, de lo genuino a lo sintético, del sepia al technicolor»…
Los cambios fundamentales en las costumbres incitaron al campesino a emigrar a la gran ciudad y a engendrar un nuevo hombre, un híbrido más, producto de la búsqueda incesante del bienestar y la supervivencia. Asi se poblaron los puertos de América, desde Nueva York hasta Buenos Aires ; allí crecieron esos neotipos mitad campechanos mitad citadinos. Nacieron los malandrines en las periferias y los suburbios, los pedritos navaja, camajanes, compadritos, choros y buscavidas. Aquellos pachucos sin alcurnia ni pedigrí que llegaban con una mano adelante y otra atrás buscando destino en las avenidas de las urbes modernas. Familias instaladas en terrenos baldíos entre precariedad y desarraigo. El agricultor se improvisaba albañil, el jinete en estibador y el cantaor de feria en cantante de cartel. Afloraron los barrios obreros, los bajos fondos, «las ollas», la margen entre la canalla y los notables…En esa mecánica de destrucción del original aparecen muchos de los grandes cantantes y soneros de nuestra música afrocaribeña y de las otras gamas afrocontinentales. El Benny, Maelo, Marvin Santiago o Héctor Lavoe, para no llenar de nombres y apellidos esta nota que se pretende breve. Estos personajes simbolizaron al hombre de abajo que llegó arriba, para luego resbalar de la cumbre al abismo… Inspirados por revancha y atiborrados de talento los soneros de esta calaña marcaron la música popular latinoamericana del sigo XX.
Liturgias de esquina
El fúbol en Suramérica y el béisbol en el Caribe comulgan con la salsa y con la calle, son pretexto para el encuentro, motivo para vociferar y desgañitarse; alimento para el alma de la barriada en pena. El futbolista o el pelotero son también productos de la cantera de abajo, y los más grandes exponentes de todos los tiempos corroboran el teorema.
El mundial de este año 2006 en Alemania y la reedición del catálogo Fania revela algunas variantes y confirma las constantes que forman el núcleo de la expresión salsera ; de la verdadera, despojada de lentejuelas, la que brota de las tripas y el asfalto; la del Tite Curet, Cheo Feliciano, Ismael Rivera, la de los irreverentes Frankie Dante o Tony Pabón, pero sobre todo la de Héctor Pérez, el gran Lavoe y su melodramática vida, el cantante de los cantantes y rey de la puntualidad. De esa estirpe del humilde que subió, subió y subió hasta resbalar o ser empujado, de los que integran esa peligrosa espiral de doble filo, la del poder, la del placer, la de don dinero y sus secuaces. Aquellos que extravían el «sujeto» para hundirse en «el objeto» y terminan revolcándose en los recuerdos de sus hazañas ya caducas. De esa especie surge también un tal Diego Maradona, el pibe de Villa Fiorito, un barrio de familias humildes en la provincia de Buenos Aires. Del seno de una familia de ocho hermanos pasó al equipo Los Cebollitas y de allí a los sueños de todos los que viven el fútbol como religión y alimento para mitigar las penas y gritar o cantar en lugar de llorar… Mención especial para Hugo « el cholo » Sotil, George Best y Eric Cantona, tres del panteón de la irreverencia.
Decantando la melodía y recordando la gambeta
Y durante un mes, sin tregua y con cerveza, mientras la canícula mediterránea se instalaba paulatinamente, nosotros, «los sudacas irreverentes» mirábamos embelezados la buena pelota de Riquelme y de Saviola, ilusionados con los ecuatorianos, esos «colombianos serios» que nos hicieron soñar y terminaron decepcionándonos contra la corona chueca de Bechkam y sus maleducados lords; sorprendidos con la impotencia de Ronaldinho y el renacer de Zidane, confirmando el rigor alemán y la legendaria audacia italiana. Reencontrando amigos de exilio, dinosaurios de destierro arrejuntados cada cuatro años bajo el efecto soporífero del balón, los asados y la música popular. Porqué si los ojos estaban clavados en la pantalla, la oreja captaba la melodía divina, recuperada, rescatada y reencauchada por la técnica, la de la «nueva» Fania y sus secuaces. Escuchando a Joe Bataan admirabamos el éxtasis de Dieguito gozando en la tribuna, rechazando invitaciones oficiales y pagando multas por exceso de velocidad, huyendo de la fiscalía italiana y provocando motines, riñas, reyertas y disputas a su paso.
Día tras día, desde la primera vuelta hasta la final, continuabamos con Willie y Héctor, con Yomo y Bobby con Ray y Roberto, trepados en nuestro Apollo Sound Marsellés, deleitándonos con el Alí Baba de Louie, con el inmortal Sabater y su bemba sonora y sinigual. Y cuando Tevez, Messi o Totti nos fascinaban con el drible auténtico, retumbaba la salsa buena sepultando las aguachentas y soporíferas producciones de los perdidos en el espacio y en el tempo. La decantación regresa para cernir, colar y reafirmar que «Mi música no queda ni a la derecha ni a la izquierda, queda en el centro de un tambor bien legal».Que todos vuelvan…
Ernesto Concha
Marsella, Julio 12 del 2006Todos Vuelven*
Todos vuelven a la tierra en que nacieron,
al embrujo incomparable de su sol,
todos vuelven al rincón donde vivieron,
donde acaso floreció mas de un amor.Bajo el árbol solitario del silencio,
cuantas veces nos ponemos a soñar,
todos vuelven por la ruta del recuerdo,
pero el tiempo del amor no vuelve más.El aire que trae en sus manos,
la flor del pasado, su aroma de ayer,
nos dice muy quedo al oído,
su canto aprendido al atardecer,
nos dice su voz misteriosa,
de nardo y de rosa,
de luna y de miel:
que es santo el amor de la tierra,
que triste es la ausencia que deja el ayer
*vals peruano de César Alfredo Miró Quesada Bahamonde
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